viernes, 1 de enero de 2016

LA CUEVA DE MONTESINOS.

CUEVA DE MONTESINOS.
    Luengos tiempos ha, valeroso caballero don Misántropo numantino, que los que estamos en estas soledades encantados esperamos verte, para que des noticia al mundo de lo que encierra y cubre la profunda cueva por donde has entrado, llamada la cueva de Montesinos: hazaña sólo guardada para ser acometida de tu invencible corazón y de tu ánimo estupendo...





   Años ha que admiro tu prosa y tu poesía, impecables, así como tu gran sentido del humor, que atrapa al lector de tus páginas memorables por la solercia del que sabe usar bien la Lengua Española, uno de nuestros grandes tesoros. Disiento de ese fastidioso cronista, el tal Cide Hamete Benengeli, que no da crédito a tales aventuras de la cueva. Para muestra vale un botón



LA NUEVA COCINA (I). INTRODUCCIÓN CON DISQUISICIONES VARIAS


En más de un ocasión he dicho que la nota dominante de los tiempos modernos es la estupidez. No se me escapa que otras características le irían como añillo al dedo a la modernidad, tales como la mediocridad o la jactancia, ya que nos han hecho creer que vivimos en la cima de las edades y culmen de los siglos. No obstante, me quedo con la estupidez, ya que incluso quienes no son jactanciosos o los que destacan en algo no pueden sustraerse de la tónica dominante que lleva a todo el mundo a hacer el idiota muy a menudo. Y que orgullosos de tan maravilloso derecho. Si no me creen, cojan ustedes un periódico, armándose de valor; enciendan el monstruosos aparato que es el ónfalo del hogar, y casi de la existencia de hogaño; dense un garbeo por las redes donde son pescados tanto ociosos incautos; cometan tales temeridades y se darán de bruces con una sarta de mamarrachadas a cual más colosal. Y pocos se salvan.
Parece que en estos días de desaforado progreso científico y tecnológico, sin faltar el material -y el materialista-, con el consiguiente retroceso espiritual, no podía faltar el avance de la imbecilidad. Tanto lo uno como lo otro se desbordan de la misma fuente, pero no entremos en honduras. Lo más curioso del caso es que tal idiocia generalizada nace del fatuo convencimiento de que hoy día somos más listos que nunca. Y como la humildad suele ir de la mano del sentido común, así nos luce el pelo. Por eso antes ponía a la jactancia como rival de la estupidez como signo de los tiempos. El hombre moderno, en su impuesta e impostada soberbia, se cree tan superior a todo lo anterior que considera un desdoro seguir las normas y creencias de siempre, caducas, fascistas y casposas antiguallas, aunque se amolden a la más elemental cordura. Seguir a los viejos maestros, esto es, la sensatez de toda la vida, es tenido como un delito abominable.
Curiosamente, esta creencia ha arraigado en unos tiempos en los que predomina con atroz pertinacia el hombre masa, el esclavo feliz de nuestros días, en el que la idiotez es norte y guía. Y bien orgulloso está de ello. Ya decía Goethe que las masas permanecen siempre en la minoría de edad. Las nuestras gatean aún con el chupete en la boca. Y quítenselo ustedes: el berrinche es de aupa. Por descontado, esto no es consecuencia de una penosa casualidad o de una ley natural. Todo obedece a un plan establecido hace mucho por mentes siniestras y oscuras, pero esa es otra historia que quizás un día ataque.
Por desgracia, pues uno es hombre de letras y diletante a sus horas, la idiotez se ha cebado con especial saña en estos campos del saber donde desde hace muchos siglos el hombre ha dado lo mejor de sí para redimirse de muchas miserias. Contemplen si no el estado de la literatura: basta que un emborronador de cuartillas escriba cuatro párrafos locos con una señorita empecinada en que su amado la golpee, cosa que se ve debe de ser de lo más excitante; que nos aburran con un plomo sobre las inquietudes de alguna mujer ya de cierta edad que se entrega, aburrida de la vida, a un viaje iniciático en busca de sí misma, entre otras calamidades literarias que sería prolijo, y muy desagradable, mencionar, como algún petardo histórico o el enigma del manuscrito del club de la secta de la madre que los trajo de un escritor famoso de antaño -todo muy anticlerical, claro está-,  para que cualquier mindundi vea como sus sienes son ceñidas con la corona de Apolo, y sus bolsillos llenados con los dineros de Pluto.
Y qué decir de la música o el arte que no nos ponga el vello de punta. Vayan ustedes a un concierto de música contemporánea, y tendrán que hacer ímprobos esfuerzos para discernir cuando la orquesta ha acabado de afinar y cuando ha empezado a tocar la pieza. En todo caso, podrá saberlo cuando la cosa se ponga verdaderamente desagradable. Y eso por no hablar del sujeto aquel que daba recitales en los que pulsaba las cuerdas del piano con un hacha para acabar haciendo astillas al instrumento (lástima que nadie lo hubiera hecho con él), o aquel otro que tocaba también el piano, pero sin levantar la tapa, con lo cual deleitaba al auditorio con los golpecitos de la mano sobre la madera. Tan verídico como atroz.
Pero es que en el campo del arte la cosa no se queda atrás. ¡Lo que se ve, amigos míos, lo que se ve! Desde que a unos pintamonas les dio por llenar el lienzo de rayajos, a otro por la humorada de presentar como obra de arte un urinario (más propio sería un váter, ya me entienden), hasta los que nos espetan una carretilla llena de quesos o un bote con excrementos (insisto, muy sincero), por no hablar de los que se hacen picadillo en público en esas majadería llamadas “performances”, o aquel otro que ofreció su virginidad anal como obra artística -que también era hacerse picadillo-; repito, desde que tales disparates se perpetran el arte ha degenerado hasta lo abominable, basado en el aparentemente maravilloso y progresista supuesto de que ahora todo es arte, lo que propicia que ya nada lo sea. De todos modos, el derroche de estulticia no viene de esta panda de orates y pillos llamados artistas, ni de los que los promocionan, aún peores, si no de la patulea de memos pedantes que les hacen el juego al tragar esta bazofia, que antes tienen por un excelso manjar para el cacumen. Y como se forran con la pedantería algunos.
En definitiva, la conclusión a la que podríamos llegar es que hay que hacer el indio para triunfar en esta vida. Y para apoyar a mis palabras vayamos al motivo principal de estas letras: la moderna concepción de la gastronomía, pijiprogrez que han dado en llamar la nueva cocina, campo donde la estupidez se muestra del modo más sangrante y evidente. Como ejemplo de hasta qué cimas, por no decir abismos, de memez ha llegado el ser humano, permitan que les refiera lo que me sucedió hace unos años al respecto, episodio que bastará para ilustrar mi tesis mejor que un tropel de sesudas razones. Pero tendremos que esperar a otro día para narrarles los avatares de aquella noche infausta, pues debo reunir fuerzas y valor para ello. Falta hace. Mientras, espero que una bien surtida bandeja de dulces navideños atraiga a mi musa.

TODO UN TRATADO DE FILOSOFÍA.

Cierto, amigo cavernario, es mejor un buen menú de los de antes, un menú como el de LOS XEY:



 Pero volvamos al asunto, a la Poesía:

A LA CALAVERA DE QUIEN FUERA DAMA TAN BELLA COMO VANIDOSA

(SONETO ANÓNIMO HALLADO EN LOS JARDINES DE LA ISLA) 


¡Oh!, tú, del gran furor del sino agravio,
que yaces, una más, entre despojos,
fueron en ti los años trampantojos;
fue para ti la vanidad enlabio.

En su día hechizó la flor del labio,
imán de los amores bellos ojos,
y en faz simpar tiranos los sonrojos.
Llevó a ser necio tu beldad al sabio.

La muerte, que es inmune a tal halago,
pronto evitó el desquite de los años:
muy joven padeciste horrible estrago.
 
Tomaste ¡Ay! mis consejos por extraños,
bella ninfa, y cruzó tu daño el lago
en pago merecido a tantos daños.

 Caballero de varias advocaciones, siempre Misántropo de la caverna, nos ha regalado bellas perlas literarias en prosa y en poesía, con el soneto como principal armadura de clave para exponer su música, su bella armonía sonora y poética.

Lo último: un triste epitafio que nunca debería escribirse:


 
Junto a una solitaria
cruz, cuando el final me llegue,
aquí acabarán mis pasos...
sin dejar huella en la nieve.



    Mejor es un Sol naciente/poniente que la más bella de las lápidas.

  Un abrazo a todos.